Por Guadalupe Salcedo
20 de septiembre, a las 00 horas en punto. Bajo la oscuridad de la cocina, envuelta en las
sábanas que cubrían aquel cómodo sillón de cuero, se ilumina mi celular que descansaba sobre
el apoyabrazos. Todo por culpa de un mensaje de WhatsApp: “Feliz cumpleaños gorda, te quiero”.
Y yo, antes de pensar en cualquier respuesta, o de sentir alguna emoción por cumplir mis 18
años, pensé: “Soy una adulta… pero ¿qué me hace ser una?”.
Cuatro días después estaba discutiendo con mis compañeros sobre un problema con nuestra cena de egresados, sobre la responsabilidad de la palabra y la visión de las consecuencias. El director, junto con los padres encargados de organizar el evento, hablaba con firmeza: “Ya somos adultos, señores, y el compromiso pesa. No pueden desvincularse de sus acuerdos únicamente por falta de interés en afrontar los problemas que se presentan”.
No somos niños, somos adultos. Esa palabra seguía pesándome mucho más que aquella noche del 19 de septiembre a las 23:30. Porque ya no tenía 17, 16, 15. Ya no parecía de 18: tenía 18. Ya soy un adulto. Trabajo, honor, responsabilidades… ¿hijos?, ¿chau vóley?, ¿chau salidas al boliche? Ahora, ¿me tengo que ir a vivir sola, trabajar para comprarme un auto? Y si quiero parecer lo suficientemente tierna para un futuro novio, ¿debería tener un caniche blanco y subir fotos a Facebook con él? Porque ya no debo usar Instagram, ahora es Facebook. Ya soy un adulto.
Días después me uní a mi habitual clase de inglés por videollamada. Apenas me vio, mi profesora me saludó: “Hi Guada, how are you today? How does it feel to be a mini-adult?”. Básicamente me preguntaba qué se sentía tener la edad suficiente para sacar un carnet de moto. Le respondí que bien, que me di cuenta que cuando uno es niño ve a los adultos más serios, más “focus”, con la vida resuelta y sin tantos problemas emocionales. Pero cuando crecés y hablás con personas de otras edades, te das cuenta que en todas se encuentran problemas parecidos, por no decir idénticos. No hablo de las responsabilidades que se van sumando, sino de problemas universales que nos atraviesan como humanos: el miedo a morir, que la persona que te gusta no sienta lo mismo, la envidia de que un conocido logre lo que vos no, dormirte muy tarde, la paja de lavar los platos… podría seguir enumerando en este inóspito descubrimiento de mi crisis.
Decidí entonces entrevistar formalmente a mis padres. No solo porque fueran mi salida más rápida hacia algunas respuestas, sino también por sus perfiles de vida. Hay personas que pueden ser adultas sin ser sabias; ellos, en cambio, sí lo son. Están curtidos. Fueron víctimas fatales de la vida, fueron su propio Jesús en la cruz y también los perpetradores de sus sueños. Les pregunté sobre distintos panoramas de la vida: amor, responsabilidades y decisiones, miedos y desafíos, pasatiempos (mi papá, comerciante desde los 9 años, comenzó clases de canto a los 53; mi mamá, ama de casa desde los 11 y madre desde los 16, hace dibujo y pintura a sus 47), y por último, su mirada sobre el sentido de la vida.
Al preguntarle a mi madre si sentía que cambiaba la forma de amar con el tiempo, su respuesta fue contundente: “Son exactamente las mismas emociones, pero uno, a través de la experiencia, lo disfruta más de grande. De joven uno se fija en la apariencia, en el cuerpo, por la verborragia de la adolescencia. De adulto, en cambio, se valoran las cosas más esenciales y sencillas, la verdadera esencia de la otra persona”. Cuando le pregunté qué valoraba más hoy en un vínculo, no dudó: “La pasión y la confianza.
Eso es lo que más valoro”. Continué preguntándole cuándo había sentido por primera vez aquel latigazo mental de “ya soy adulta”. Lo recuerda con claridad: “Fue a los 16 años, cuando fui mamá. Ahí ya caí bajo esa responsabilidad”. Y si de responsabilidades se trata, confiesa que la más difícil fue aprender a cuidar
de sí misma: “Desde los 11 años, cuando perdí a mis padres, tuve que hacerme cargo de mi propio
cuidado. Esa fue la parte más dura”.
Debatimos sobre si los miedos cambian con la edad y cuáles eran los suyos. “Con la edad uno ya no le teme tanto a ciertas cosas. En realidad, lo que aparece después de cierta madurez es el miedo al tiempo: a que se acabe y no alcanzar a disfrutar lo suficiente todo lo que construí con mi esfuerzo”.
Hablamos sobre sus pasatiempos y qué lugar ocupaban en su vida. “Hoy, un 40%. Me gusta pintar y tengo otras actividades, pero siempre intento darles un espacio”. Y sobre la diversión: “De grande no hay que divertirse menos, al contrario. Si ya cumpliste etapas como criar a los hijos o alcanzar cierta estabilidad, entonces tenés que darle más tiempo al disfrute. ¿Para qué fue todo el sacrificio si no?”.
Por último, le pedí que pensara qué consejo le daría a su yo adolescente. Tras unos minutos, me respondió con palabras ligadas a su propia historia: “Me hubiera gustado tener educación sexual, alguien en quien apoyarme. Le diría que se cuide, porque si no me hubiera cuidado no estaría donde estoy hoy”.
Finalmente, reflexionó sobre la adultez y el aprendizaje: “Lo que descubrí de grande es que nunca está todo creado, nunca se termina de aprender. Un día perdido es un día en el que no aprendiste algo. Siempre hay que aprender: de los mayores, de los niños, de las cosas simples de la vida. Siempre”.
Y, al final de este interrogatorio medio molesto que les hice justo en su hora programada para ver Netflix, me respondieron —aunque sea de forma provisoria— mi duda. Uno no pasa a ser adulto después de las 00 horas de un sábado en el que cumplís 18, sino con los conocimientos que vas adquiriendo, con los miedos que te atraviesan y con los sentimientos que te constituyen.
La adultez no se hace de un momento al otro, se aprende a ganarla.