El último acorde de un genio: la noche en que Cerati se volvió eterno

El último acorde de un genio: la noche en que Cerati se volvió eterno
Por Yair Gallardo

Caracas ardía bajo el calor de mayo. El cielo estaba despejado, y la Universidad Simón Bolívar se llenaba de fanáticos de todas las edades. Algunos habían crecido con Soda Stereo. Otros lo conocieron como solista. Pero todos estaban allí por la misma razón: ver a Gustavo Cerati. El artista, el poeta, el visionario. Era 15 de mayo de 2010, y la ciudad, sin saberlo, sería testigo del último recital de uno de los músicos más influyentes del rock en español.
La gira «Fuerza Natural» venía arrasando. Desde su lanzamiento en 2009, el disco había sido aclamado por la crítica y el público. Era una obra sofisticada, ecléctica y madura. Cerati, a sus 50 años, estaba en la cima creativa. Había dejado atrás la sombra de Soda Stereo para construir una carrera solista sólida, respetada y profundamente innovadora. Esa noche en Caracas cerraba un ciclo. Nadie imaginaba cuán literal sería esa afirmación.
Desde el backstage, se lo vio concentrado. Vestido de negro, elegante, con su ya clásico peinado rebelde. Saludó a su banda, ajustó su guitarra y subió al escenario bajo una ovación que parecía sacudir los cimientos del lugar. Caracas lo amaba, y él correspondía con una energía que aún sorprendía. El show comenzó con fuerza.
“Fuerza natural”, “Magia”, “Amor sin rodeos”… La voz de Cerati era clara, potente.
Sus solos de guitarra eran afilados, exactos. Cada canción era recibida como un himno.
Pero detrás de escena, algo preocupaba. Técnicos y músicos cercanos notaban que Cerati se mostraba más cansado de lo habitual. Durante las pruebas de sonido se lo había visto distraído, como si algo lo incomodara. En el escenario, disimulaba todo con profesionalismo. Era un artista de raza. Nunca se detenía.
A lo largo del concierto, el público fue testigo de una entrega total. Cerati no escatimó nada. Las luces, las pantallas, la escenografía: todo estaba medido con precisión.
Tocó más de veinte canciones, mezclando temas nuevos con clásicos. “Cactus”, “Deja vu”, “Tracción a sangre”… y por supuesto, “Crimen”, ese tema que se volvió emblema de su etapa solista. Cada acorde era un paso más hacia el final, aunque nadie lo sabía.
La última canción de la noche fue “Lago en el cielo”. Una elección casi profética. En ella canta: *»Si algo está por estallar, hazlo estallar. Todo vuelve a comenzar…”* Palabras que, con el tiempo, adquirieron un significado desgarrador. Terminó la canción, agradeció al público con una sonrisa leve y dijo lo que ya era su marca registrada: *“Gracias… totales”*. Nadie sospechaba que esa frase marcaría su despedida definitiva de los escenarios.
Al bajar del escenario, caminó lentamente. Saludó a algunos técnicos, pidió agua. Y entonces ocurrió. Se desplomó. Su cuerpo, agotado, ya no pudo sostener más la tensión acumulada. El silencio se volvió espeso. Lo trasladaron de urgencia a un centro médico en Caracas. Los diagnósticos fueron confusos al principio, pero pronto la verdad salió a la luz: Gustavo Cerati había sufrido un accidente cerebrovascular.
Entró en coma.
Las noticias corrieron como fuego. Argentina, Chile, México, España… el mundo del rock entró en shock. Sus músicos, su familia, sus fans no podían creerlo. Un hombre tan lleno de vida, tan activo, tan brillante… ahora estaba dormido en una cama de hospital. Lo estabilizaron y lo trasladaron a Buenos Aires, donde sería cuidado durante los siguientes años. Nadie quiso rendirse. La esperanza fue lo único que quedó.
Durante más de cuatro años, el silencio se volvió protagonista. Su madre, Lilian Clark, se convirtió en una figura de resistencia amorosa. Siempre firme, siempre positiva, hablaba con la prensa y aseguraba que Gustavo sentía, que respondía, que lo escuchaba. Mientras tanto, sus canciones seguían sonando en las radios, en los auriculares, en los corazones. Los homenajes se multiplicaron. Pero él seguía en ese extraño limbo entre la vida y la muerte.
El 4 de septiembre de 2014, todo cambió. Una noticia breve, seca, devastadora:
Gustavo Cerati había fallecido. Tenía 55 años. El país entero se detuvo. Las redes sociales se llenaron de mensajes, las radios pasaron sus canciones sin parar. Hubo llanto, hubo homenajes, hubo silencio. Porque a veces el silencio dice más que mil palabras. Como en sus canciones.
Su velorio fue multitudinario. Miles de personas pasaron por la Legislatura porteña para despedirlo. Algunos con flores, otros con guitarras, todos con lágrimas. Se fue un artista, pero nació un mito. Cerati no fue solo un músico. Fue un puente entre generaciones, un poeta del sonido, un arquitecto de la emoción.
La noche del 15 de mayo de 2010 quedó marcada como su último vuelo. Su despedida no fue planeada, pero sí fue perfecta: en un escenario, con su guitarra, con su gente, con su música. Un final a la altura de su leyenda.
Porque si algo nos enseñó Gustavo, es que el arte no muere. Que la música no tiene fin. Que la belleza puede doler. Y que hay frases que, aún sin quererlo, pueden sellar para siempre la eternidad:
«Gracias… totales».

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